DEBEMOS SUBSTITUIR EL PROGRESO POR EL RETROPROGRESO?

Presento aquí una tesis muy simple y nada original: EL PROGRESO, como proyecto principal de la especie, ESTÁ AGOTADO. Hace unas cuantas décadas que muchos humanos tienen esto claro y cada vez hay más que se añaden a esta opinión. Pero aparentemente esta convicción intelectual no produce los efectos deseados, parece como si solo fuera el equivalente a unos cuantos cubos de agua limpia en una gran piscina sucia.

La tesis continua con el convencimiento que esto está pasando porque, a pesar del agotamiento, el proyecto tiene mucha inercia, principalmente porque para muchos humanos todavía se proyecta hacia el futuro con garantías de éxito, todavía general una confianza muy poderosa. Además, y quizás más importante, lo acompañan proyectos secundarios poco cuestionados que refuerzan la inercia.

Y concibe el progreso como un proyecto humano arrancado por el movimiento que llamamos Ilustración, pero que al mismo tiempo tiene una cierta autonomía respecto de los humanos que lo gestionan y sobre los cuales actúa. Esta autonomía le ha sido otorgada por el poder del lenguaje, y ha sido posible porque los humanos todavía no somos plenamente conscientes de este poder y, por lo tanto, no lo controlamos.

La hipótesis que defiende este autor es que la solución, si la hay, pasa por la substitución del proyecto del progreso por uno mejor y de fuerza como mínimo equivalente. Es decir, que metafóricamente hablando, el mismo progreso está esperando un recambio que corrija sus defectos y guie a la civilización occidental (y con ella a la especie humana) en una dirección que pueda garantizar, más o menos, su futuro a medio y largo plazo.

La hipótesis se completa con una propuesta concreta: que el proyecto sustituto esté centrado en el concepto de RETROPROGRESO, creado y desarrollado por el filósofo Salvador Pániker.

Las principales ventajas de este candidato son diversas: la primera es que la noción de retroprogreso rompe la naturaleza unilineal del progreso, de vía única hacia el futuro, en cierto sentido, casi de destino fatal.

La segunda es que lo hace centrándose en lo que Pániker llamó el “proceso crítico”, es decir, en un debate continuo en el que el objetivo no es ganar a los demás sino poner a prueba la viabilidad y el sentido reales de los proyectos colectivos.

Y la tercera, y no menor, es que el retroprogreso no parte de cero, sino que aprovecha la labor hecha por el progreso y la continua, incorporándole, eso sí, un dispositivo de seguridad que ahora no tiene, y que le permita reorientarse cuando sea necesario. Porque no estamos siguiendo un camino previamente trazado, ya que, como dijo el poeta, no hay caminos, sino estelas en la mar.

Precisamente por eso y siguiendo a Alan Watts, que dijo que, como el mundo no va a ninguna parte no hay prisa, podemos tomarnos todo el tiempo necesario en este trabajo. Sostiene el autor que los resultados positivos de una actitud como esta, aparentemente paradójica, pueden ser sorprendentemente rápidos.

Y propone también seguir el consejo de Henry David Thoreau en Walden, el de “hundir nuestros pies a través del fango de opiniones y prejuicios y tradición y engaño y apariencia, este aluvión que cubre el planeta; a través de París y de Londres, de Nueva York, de Boston y de Concord; a través de la iglesia y el estado, de la poesía, la filosofía y la religión; hasta llegar al fondo duro, a la roca, a aquello que podamos llamar realidad, y poder decir: es ésta, sin duda.”

A pesar de sus esfuerzos y su tozudez, ni siquiera Thoreau consiguió llegar al deseado fondo. Y casi dos siglos después el autor de este texto ha llegado al convencimiento que el camino que le queda a la humanidad para llegar a él todavía será largo, si es que nunca llega. Aquí se limita a proponer un posible cambio de rumbo.

Un cambio de rumbo que se basa en la propuesta de Pániker y a la que incopora lo que el paradigma de los sistemas complejos ha consolidado desde que és la concibió. Un paradigma que, más que venir a substituir nada, lo que está haciendo es completar aquello que estaba incompleto, a causa de las propiedades desequilibrantes del ideal del progreso.

Es decir: no comporta de ninguna manera volver atrás, como el prefijo “retro-” podría hacer pensar, sino más bien tomar impulso para poder superar el bloqueo en el que la humanidad está ahora en tanto que civilización, no solo por el cambio climático, sino en general por el ajuste que tiene pendiente con la biosfera en la que ha nacido y de la que depende completamente. En este sentido, el cambio climático posiblemente solo es el primer aviso de gran magnitud de la necesidad de afrontar este trabajo pendiente.

Josep Maria Camps Collet

@jmcampsc

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